LA ANCIANA DEL CEMENTERIO

 



     La anciana acudía cada mañana al cementerio. Recorría despacio los pasillos, contemplando las lápidas. Solo se detenía ante aquellas que estaban llenas de polvo, con flores marchitas como un tiempo eterno y, ante cada una, rezaba una oración silenciosa y colocaba una rosa blanca. En una ocasión le preguntaron el porqué de aquello, si acaso eran tantos los conocidos que se habían marchado. Ella, muy seria, respondió: —Toda alma necesita oraciones. Aquí hay muchas almas olvidadas, almas que, quizá por falta de tiempo o porque aún duele demasiado, no tienen quien se acerque a hacerles una visita y a rezarles. Yo no tengo a nadie en este mundo, ni familia, ni amigos…Cuando yo no esté, nadie me echará de menos, pero sí sé que todas estas almas me estarán esperando en el otro lado.

     Un sábado de primavera la anciana no despertó. Los vecinos, acostumbrados a su salida diaria, se extrañaron. Al tercer día, viendo que no respondía al timbre, avisaron a la policía. Al entrar, la encontraron sentada en su sillón, con un libro sobre su regazo. Nadie supo explicar el fenómeno, pero, aquel día, en el cielo, cientos de oscuras nubes dibujaron miles de formas caprichosas y, en vez de agua, llovieron pétalos blancos.

                                    

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