Como
cada día, Mariano cogió el periódico de la barra del bar y buscó la sección de
anuncios por palabras. Revisó todos y cada uno de los que ofrecían viviendas,
pero aquellos precios elevados, ya fuera para comprar o alquilar, estaban fuera
de su alcance. Su empleo, aunque fijo, no le daba para acceder a una vivienda
digna, pues su sueldo era miserable. Con un suspiro de frustración, cerró el
diario y salió a la calle. Se dedicó a caminar por todos los rincones de
aquella ciudad que tan bien conocía y donde había vivido los últimos treinta
años, tratando de encontrar algún cartel con un número al que poder llamar. Vio
varios edificios en construcción, pero las obras estaban paradas, y no tenían
pinta de que fueran a continuar en un futuro inmediato. Pensó con tristeza que
la crisis había afectado a muchas empresas. También encontró algunos en alquiler,
pero al llamar para preguntar, lo que pedían por aquellos pisos era totalmente
irracional. Tras andar toda la tarde, regresó a casa, a la de sus padres, de
donde no había podido salir nunca. Y encima, debía estar agradecido de tener un
techo sobre su cabeza, como le repetía su madre con frecuencia. Desalentado, se
fue a su habitación y se tumbó en la cama. Cerró los ojos y se vio a sí mismo
estancado en un trabajo en el que se sentía explotado, infravalorado, y sin
salida, teniendo que escuchar a diario las quejas de sus progenitores por el
lamentable estado de su cuarto. Respiró hondo y, en ese momento, una pequeña
luz comenzó a nacer en su interior. Recordó que su amigo Alberto le había
comentado que en Alemania buscaban enfermeros, y le había pasado el enlace de
la página y, por primera vez, pensó en que podría ser la solución: dejaría
aquella residencia de ancianos en la que se deprimía solo con entrar, pues el
trato que se le daba a los residentes era inhumano, teniendo que callar por no
perder el único trabajo estable que había podido encontrar desde hacía cuatro años.
Encendió el ordenador, escribió la dirección del enlace y entró en la página. Se
dio de alta y solicitó uno de los puestos. Su amigo se había ido hacía un par
de semanas y, según le había dicho, estaba muy contento. Si él conseguía
acceder a un puesto allí, sería una oportunidad para empezar de nuevo. No le
preocupaba el idioma, pues era su segunda lengua, y también dominaba el inglés.
Con la ilusión en los ojos, apagó el portátil. Ahora solo le quedaba esperar. Mientras
tanto, se podía permitir el lujo de soñar en silencio, deseando que, por una
vez, la diosa Fortuna se acordase de él, y pudiese alcanzar un trocito de
felicidad.

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