Durante años, guardó todos los dibujos que
le habían ido regalando sus alumnos: flores marchitas, piedras de colores, corazones con sus nombres, figuras que los
representaban, casas, árboles, soles y estrellas… Cualquier cosa era la excusa
perfecta para escribir un te quiero, o un eres la mejor profe del
mundo. Y ahora, en este momento en el que su mente se diluía a cuentagotas,
aquellos mensajes infantiles la anclaban a un pasado en el que ella se había
instalado para siempre.

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