EL VENTILADOR

 

     Mientras escribía, el joven notaba cómo las gruesas gotas de sudor resbalaban por su rostro y caían irremediablemente en el teclado. Cada pocas líneas debía levantarse para ir a buscar un vaso de agua con hielo que le permitiera mitigar las horas vespertinas de aquel tórrido mes. Tras el quinto viaje a la cocina, mientras rellenaba el vaso y sacaba del congelador los últimos cubitos, descubrió, escondido en un rincón de la despensa, un viejo ventilador. Sin saber a ciencia cierta si funcionaba, decidió llevárselo hasta su despacho y comprobarlo. Lo enchufó, lo colocó a un lado de la mesa y le dio al botón. Al instante, las aspas comenzaron a girar, al principio despacio para luego, poco a poco, ir cogiendo velocidad. El joven novelista se sentó delante del aparato, dejando que el aire le arremolinara los cabellos. Y fue en ese preciso momento, sin que el escritor tuviese tiempo de reaccionar, cuando el ventilador cambió el sentido de las aspas y, absorbiendo las palabras escritas en la pantalla y las ideas del muchacho, lo dejó inmóvil, como si de una estatua se tratara. Horas después, cuando su familia llegó, lo encontró sentado junto a su escritorio, sin parpadear, sin hablar, sin poderse mover. En el monitor de su ordenador, una página en blanco esperaba ser escrita y, sobre la mesa llena de polvo, se dibujaba la silueta de un ventilador.



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