CLOTILDE





Desde muy niña, su abuela la enseñó a hacer ganchillo y, su madre, a tejer. Con sus pequeñas manitas, sujetaba con fuerza las agujas, enrollaba el hilo entre sus dedos y le daba vueltas, contando los puntos con su voz suave. Mientras tejía, o mientras hacía interminables cadenetas, concentrada en la labor, no pensaba en nada que no fuera aquello que había empezado. Pero a veces, muchas veces, cuando terminaba veía que, en su roseta, o en su jersey, había demasiados agujeros. Lejos de desanimarse, lo volvía a intentar con más pasión. Y así fueron transcurriendo los años. Cada vez, más prendas, cada vez, menos agujeros, sin darse cuenta de que su infancia, tan llena de vacíos como la ropa que tejía, se fue volviendo tupida, compacta, densa, hasta el punto de que no entraba un solo rayo de luz, ni un soplo de aire fresco. Encerrada en su mundo, aislada, Clotilde sintió que se ahogaba la mañana en que vio, a través de la ventana, aquellos ojos pardos por primera vez, el brillo y la alegría que desprendían. Cogió el chaleco que estaba tricotando, con sus líneas perfectas, su patente inmaculada, y tomó una decisión. Sacó las agujas y, muy despacio, comenzó a deshacer cada punto. Con cada vuelta deshecha, notaba que el aire volvía a entrar a sus pulmones. En ese momento, Clotilde comenzó, de nuevo, a respirar. 

 

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