Antoñito se hizo farero porque el puesto quedó vacante una mañana de verano, y él estaba en un momento en el que no sabía a ciencia cierta qué hacer con su vida. En realidad —pensó— el trabajo no está tan mal. Solo tenía que estar pendiente de que la luz estuviera siempre limpia, que girara correctamente y que, en los días de niebla, funcionara a la perfección, así como estar atento, especialmente, en las noches de tormenta, por si algún barco se acercaba demasiado al arrecife. A cambio obtenía un lugar donde vivir y un sueldo que le permitía ahorrar para un eventual futuro. Con lo que no contaba era con la soledad del lugar y del empleo. Allí, en lo alto de aquella inmensa torre, no podía estar sino él: él con el mar, él con la oscuridad, él con los cambios meteorológicos. Los primeros días, y hasta las primeras semanas, aunque le encantaba subir y bajar por la escalera de caracol, le resultó difícil habituarse a los horarios, al silencio, a la quietud de las tardes en calma. Sin embargo, tras ese periodo de adaptación, acabó entrando en una dulce rutina con la que iba llenado sus jornadas. Aprendió a pintar los anaranjados atardeceres, escribía poemas al amanecer, mientras oteaba la salida del sol, y leía todo lo que caía en sus manos. De esta manera, nunca tuvo necesidad de compañía. En los años que estuvo allí, no hubo ningún percance con los barcos, pues a todos avisaba cuando se encontraban en la línea del arrecife, aunque aún estuvieran lejos. El día que le anunciaron que sus servicios ya no serían necesarios, pues habían decidido mecanizar el faro, Antoñito tuvo la certeza de que más de un navío acabaría cruzando la línea. Recogió sus cosas y se fue a recorrer el mundo, a sabiendas de que a donde quiera que fuese, siempre buscaría un faro que le indicase el camino.

Rosa, lo estás consiguiendo. Tus relatos rozan el alma de los que se adentran en ellos. Te transportan a ese escenario mágico en el que te dejas deslizar mientras escribes. Enhorabuena, compañera de camino. Todo un orgullo coincidir contigo.
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias! Tus palabras me alientan y me animan a continuar con mis historias. También para mí es un orgullo coincidir contigo en este sendero literario.😘😘
EliminarEstimada, Rosa Calvo:
ResponderEliminarTu cuento sobre Antoñito es una hermosa reflexión sobre la soledad y la búsqueda de propósito en la vida. Has logrado transmitir de manera magistral cómo un entorno aislado puede convertirse en un refugio para la creatividad y el autoconocimiento. La evolución de Antoñito desde la incertidumbre hasta encontrar paz en su rutina es alentadora y resonante. ¡Sigue escribiendo! Tienes un gran talento para tejer emociones y paisajes a través de tus palabras. No dejes que esta historia se detenga aquí; estoy seguro de que tienes muchas más historias por contar. ¡Ánimo y sigue brillando!
Saludo cordial,Susana.
Susana Llerena- nélidasusanallerena.com.ar- https://sutopiaanimada.blogspot.com
Querida Susana:
Eliminar¡Muchísimas gracias por tus palabras! Me emociona pensar que alguien pueda sentir en su propia piel lo que pretendo expresar con mis textos. Solo con eso, ya me doy por satisfecha. Creo que el fin de la escritura es conectar con el lector. Si lo consigo, es buena señal.
Buena suerte para ti también, compañera.
Un abrazo.