LOS SIN TECHO

 

   Cada día recorren los interminables pasillos de la terminal. Acuden a las taquillas, donde guardan sus escasas pertenencias, cogen los útiles de aseo, metidos en una bolsa plástica, y se dirigen a los servicios. Mientras ellos se lavan la cara, se cepillan los dientes y se arreglan con la mano los pocos cabellos que coronan sus cabezas, ella se toma su tiempo. Se contempla en el espejo buscando una arruga más, una mancha más, una tristeza de menos. Se echa el agua fría en la cara, luego se quita la camisa y también se moja las axilas. Coge un poco de jabón y se lava a conciencia. Como siempre dice, la pobreza no está reñida con la limpieza. Cuando termina, se seca con las toallitas de papel del dispensador, se viste y comienza a cepillarse el pelo, despacio, a modo de ritual: primero las puntas, luego la mitad y, finalmente, desde arriba. A continuación, se hace un moño, sujetándolo con un coletero. Entonces sí, ya lista, abandona el aseo y se dirige a las taquillas, a guardar los útiles. Se reúne con sus compañeros y comienzan la revisión de las papeleras, buscando algún resto que echarse a la boca. Todo sirve: media fruta, un trozo de bocadillo, unas galletas a medio comer, un poco de agua o jugo en una botella. Recopilan sus tesoros y los comparten sentados en cualquier silla. Y entonces, al terminar, solo contemplan el ir y venir de viajeros, olvidando sus propias historias, tratando de averiguar las diferentes circunstancias por sus rostros: la que va con prisas, y una sonrisa en la cara, porque teme perder el avión que la llevará junto a sus seres queridos; el que camina lento, arrastrando los pies, porque le pesa la vida; el pequeño, al que su padre lleva casi a rastras, porque no quiere ir con él, sino quedarse con su madre...

     Y así, se van inventando historias, para matar las horas. Hasta que llega la noche y ellos, cobijados bajo sus mantas, se acuestan en las sillas, la cabeza de uno junto a los pies del otro, para protegerse. Y duermen sin oír, sin sentir el paso de los viajeros nocturnos que, al verlos, menean la cabeza, con disgusto, mientras ellos, los sin techo,  sueñan con que, alguna vez, logren tocar el cielo.




2 comentarios:

  1. Rosa, hermosa reflexión sobre las personas que viven en la marginalidad. Detrás de cada rostro hay una historia que nadie más que ellos conoce. La vida más allá de las posesiones y la proyección social. Quién posee una vida?

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  2. Muchas gracias por tus palabras. Tienes toda la razón. Solo pretendía dar visibilidad a una situación que, con frecuencia, desborda a nuestra sociedad.

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