INCERTIDUMBRE

Son las 6:30 de la mañana. Sobre la mesa de la cocina espera el desayuno que ella, como cada día, le ha preparado. A pesar de los años que tiene, sigue haciéndolo, como siempre: el zumo de naranja recién exprimido, el sándwich, la leche caliente con poco café y una cucharada de azúcar... Y entonces, solo entonces, acude a despertar al hijo, también como siempre, aunque él ponga la alarma del móvil, no sea que se quede dormido y llegue tarde a clase. Después ella, la madre, termina de arreglarse, pues, con un poco de suerte, se habrá desayunado. Y a las siete, antes de irse, despertará a la hija, le dará la medicación, y la dejará dormir un poco más, asegurándose de que haya puesto el despertador. Ella puede permitirse ese pequeño lujo, pues entra más tarde a clase. Y así, ya tranquila, recoge sus cosas y se marcha, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Fuera la espera otro día de trabajo, gastando unas energías que, a veces, ya no le quedan, pero que debe dar para que esos pequeños que dependen de ella, la madre-maestra, para que aprendan, aunque sea, a ser buenas personas. En casa se queda la incertidumbre, y la necesidad de confiar en que la veintena de años traiga la madurez...

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