EL VAGABUNDO

Él contempla la vida pasar, absorto en sus pensamientos. Sentado en la acera, sus ropas ajadas y sucias, sus uñas ennegrecidas por muchos días de no lavarse, dicen mucho de él. Pero no pide nada, no molesta. A veces, musita entre dientes un absurdo soliloquio que nadie comprende, pero que en su cabeza tiene todo el sentido del mundo, pues afloran a sus ojos dos lágrimas, resbalando por su rostro marchito, que aparta con sus mugrientas manos, dejando un rastro negro tras de sí. En ocasiones, algún alma caritativa le lleva algo de comer y él lo agradece con una enorme sonrisa, que deja al descubierto su desdentada boca.

        Un día, se sienta junto a un muro, y allí, entre el musgo y la hierba que crece salvaje, descubre una pequeña flor. La arranca con cuidado. Es blanca, inmaculada. La toma entre sus enormes dedos y el contraste llama la atención: la pequeñez entre la inmensidad, blanco sobre negro. Él la contempla con ternura, ajeno a lo que sucede a su alrededor. En ese instante mágico, nada importa, excepto él y la flor, que le recuerda que, a pesar de todo, en el mundo sigue habiendo belleza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario