OTRA OPORTUNIDAD

Ella caminaba con paso incierto, a veces por la acera, a veces por la calzada, sin importarle el sonido del claxon de los coches que pasaban a su lado como una exhalación. Solo avanzaba sin rumbo fijo, dejándose llevar por esos pies que la habían cargado durante tantos años y que estaban cansados, arrastrándose, en algunos momentos, por el peso de la carga que soportaban, aunque ella no llevara nada en las manos. Y es que antaño había sido atleta, una gran deportista de élite, corredora de maratón, ganadora de medallas que dormitaban entre su ropa en los cajones de su cómoda. ¿Cómo había llegado a ese estado de abandono? No habría sabido decirlo a ciencia cierta. Tal vez se dejó deslumbrar por una fama para la que no estaba preparada, y cayó en picado hasta tocar fondo. Y mientras recorría lentamente las calles de una ciudad que le resultaba extraña, con la mirada perdida, sus pies se resentían, se resistían, se negaban a avanzar sin rumbo. Entonces se paró junto a un banco frente al río. Se sentó y dejó las horas pasar. No tenía prisa. Nadie la esperaba. Todos la habían abandonado hacía tiempo. Hasta ella misma se había abandonado cuando decidió seguir los consejos de los falsos amigos. Y fue en este momento, viendo el agua fluir, cuando sintió la imperiosa necesidad de fundirse en ella, de dejarse llevar, de terminar con todo de una vez. Se acercó a la orilla, dispuesta a sumergirse, cuando escuchó una voz infantil que le dijo:
- ¿Me puedes ayudar? Se me ha hecho un nudo en el cordón de las zapatillas y no lo puedo desatar.
Ella giró la cabeza y contempló a una niña con ropa de deporte, sudorosa.
- ¿Vienes de correr? - Le preguntó
- Sí, me estoy entrenando para la carrera del domingo.
Ella entonces, mientras desataba el nudo, recordó su infancia, sus comienzos, sus ilusiones, y se vio reflejada en aquella niña. Le devolvió la zapatilla y en su pequeño rostro se dibujó una sonrisa. Se la calzó, ató los cordones, le dio las gracias y se alejó al trote. Ella, la anciana de espíritu, pero aún joven de edad, sintió nacer en su interior nuevas ganas de vivir, el cosquilleo en los pies cada vez que iba a correr, y decidió que aún no era demasiado tarde. Volvería a casa. Pediría ayuda. Tenía un título que le permitiría buscar trabajo. Y volvería a correr. Eso le daría vida. De nuevo con ilusión se encaminó hacia su hogar hasta el momento deshecho, y esta vez sus pies no la frenaron, al contrario, parecía que llevaban alas y la conducían ligera hacia su nuevo destino.


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