LA JIRAFA

Este fue el segundo de los cuentos, para felicitar a las familias. 


     Érase una vez una pequeña jirafa que siempre estaba triste porque no tenía manchas marrones, como las demás jirafas. Su pelaje era de un tono amarillo anaranjado, de la cabeza a las patas. A veces se frotaba contra las piedras sucias de barro, y así lograba tener las preciadas manchas por algún tiempo, pero en cuanto llovía, su piel se volvía lustrosa como siempre. Nunca jugaba con sus amigos, ni ayudaba a los otros animales cuando tenían dificultades. Solo estaba pendiente de sus manchas marrones.
     Un día, el sabio gorila, sabiendo lo que le pasaba, le propuso que hiciera un largo viaje hasta las tierras del Norte, allí donde el frío es tan intenso que no te deja ni pensar. La pequeña jirafa se asustó un poco, pero era tal su deseo de conseguir sus manchas marrones, que aceptó el reto. El gorila le dijo que debería ir sola, y buscar al espíritu de la Navidad.
     - ¿Eso que es? - preguntó la jirafa.
     - Cuando lo encuentres lo sabrás - replicó el gorila.
     Así fue como emprendió el camino. Apenas había recorrido unos pocos kilómetros cuando se encontró con una cría de león que había caído en una trampa. Gemía pidiendo ayuda. La jirafa se detuvo un instante junto a ella. Pensó en seguir adelante, pero algo en los ojos de aquella pequeña cría le hizo cambiar de opinión. Con sus dientes, mordió los nudos de la cuerda que la aprisionaba y la liberó. La cría le dio las gracias y se alejó de allí a toda velocidad. La jirafa se sintió feliz. Y, sin que ella lo notase, una pequeña mancha marrón, comenzó a brotar en su lomo.
     Continuó su marcha. Anduvo durante días. Se encontró con distintos animales que, por una u otra razón, siempre necesitaban su ayuda, y cada vez que ella accedía, una   mancha oscura aparecía en su cuerpo. Finalmente llegó a las tierras del Norte.
      - El gorila tenía razón- pensó. Hace mucho frío. Pero he llegado hasta aquí y no he encontrado al espíritu de la Navidad.
     En ese momento, apareció ante sus ojos un hombrecillo vestido de rojo y de larga barba blanca. Le preguntó quién era y qué hacía allí. La jirafa le explicó el motivo de su viaje.
      - Ya veo...-replicó el hombrecillo. Ven conmigo.
     La llevó hasta un arroyo de aguas cristalinas y le dijo que se mirara en él, como si de un espejo se tratara. Cuando la jirafa vio su cuerpo cubierto de manchas... ¡no se lo podía creer! ¿En qué momento había sucedido?
     El hombrecillo le dijo:
      - El espíritu de la Navidad está en ti. Cada vez que has ayudado a esos animales que tenían dificultades, se lo has entregado. Porque de eso se trata, de ayudarnos, de dar lo que tenemos, de respetarnos. Cada mancha de tu cuerpo es el recuerdo de una buena acción que has realizado. Así que puedes irte tranquila, y sigue repartiendo espíritu navideño. Una cosa más. Te dejo este gorro para que no se te enfríen las ideas, y algunos regalos para repartir entre tus amigos.
     La jirafa le dio las gracias y se marchó muy contenta, cargada de paquetes. Tras varias semanas de camino, por fin llegó a casa. Casi no la reconocieron. Estaba diferente, y no solo por las manchas que ahora adornaban su cuerpo. Había crecido, y en su mirada había un aire limpio y puro que ya nunca más la abandonaría para el resto de sus días.



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