EL MUÑECO DE NIEVE

Este año, en el colegio, decidimos hacer un concurso de tarjetas de navidad. me pidieron que escribiera un cuento para cada una de las ganadoras. La primera serviría para dibujar el decorado del escenario para el festival, y el cuento se leería como bienvenida a las familias; la segunda se mandaría a las familias como felicitación por parte del colegio; y la tercera se enviaría a otros centros e instituciones. Este que ahora les dejo es el primero de ellos. 

     A Sara no le gustaba la Navidad. Año tras año, veía cómo los niños reían felices viendo los escaparates de las tiendas, con la ilusión en sus caritas inocentes, pidiendo los juguetes que, más tarde, Papá Noel o Los Reyes Magos les traerían si habían sido buenos. Pero ella estaba sola, y en su reparto, estos entrañables personajes siempre se olvidaban de pasar por su casa. Tal vez porque nunca la adornaba. Tal vez porque no había luces, ni un belén que anunciara la época del año en que se encontraba. Para Sara, todos los días eran iguales.
     Un domingo por la mañana, la víspera de Navidad, amaneció con un manto blanco sobre las calles. La noche había sido especialmente fría, y había nevado mucho. Hacía tiempo que Sara no contemplaba un espectáculo así. Recordó cuando era niña, y salía a la calle, con sus padres, a hacer un muñeco de nieve. En ese instante, la nostalgia la desbordó. Decidió hacer uno, un pequeño homenaje a su infancia. Se abrigó bien y salió. Trabajó largo rato, haciendo las tres bolas. Luego las decoró, hasta que por fin su muñeco estuvo terminado. Se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo.
      - Eres el muñeco más guapo del barrio - le dijo. Echándole una última mirada, se metió en casa.
     Durante el día, cada vez que se acordaba, se asomaba a la ventana, y allí seguía él, su fiel muñeco de nieve, con la gran sonrisa y su sombrero rojo.
     Aquella noche era nochebuena. Sara se fue a la cama a la misma hora de siempre. No tenía nada especial que celebrar. Hacía tiempo que estaba sola en el mundo. Pero antes de acostarse, se asomó a la ventana para desearle una feliz navidad a su muñeco de nieve. Por un instante, tuvo la sensación de que él la miraba. Pensó que eran imaginaciones suyas y se fue a dormir. A la mañana siguiente, al despertar, corrió junto a la ventana para comprobar si su muñeco seguía en pie. Cuál no sería su sorpresa cuando vio que, no solo estaba en pie, sino que, a su alrededor, había regalos. Se abrigó bien y salió a ver de quiénes eran todos aquellos paquetes. ¡Tenían su nombre! ¡No se lo podía creer! ¿De dónde habían salido? Miró al muñeco, que permanecía inmóvil. Sin saber por qué, lo abrazó. Cogió sus regalos y entró en casa para abrirlos. Fuera, en la calle, el muñeco de nieve continuaba esbozando una sonrisa. La magia de la Navidad había funcionado. Mientras, su cuerpo comenzaba a derretirse por el calor de aquel abrazo.

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