En aquel pequeño pueblo de montaña, los vecinos no se llevaban muy
bien. De hecho, ni siquiera se llevaban. Cada uno estaba tan inmerso en sus
propios problemas que no tenía tiempo para fijarse en el que tenían al lado.
Cuando se encontraban por la calle, desviaban la mirada para no tener que
saludarse. Solo los niños, alegres y juguetones, se sonreían y se hablaban
cuando se encontraban. Pero eso, en parte, era lógico, ya que ellos acudían a
la única escuela del pueblo, y allí todos eran amigos.
Un día, cerca ya de nochebuena, se pusieron de acuerdo para reunirse
en la calle y hacer un muñeco de nieve. Había nevado bastante y debían darse
prisa, antes de que el blanco manto se endureciera. Dicho y hecho. Delante de
una de las casas, la de una señora mayor que vivía sola desde que había
enviudado y sus hijos nunca tenían tiempo para visitarla, hicieron un
fantástico muñeco. Ella los veía desde la ventana, con lágrimas en los ojos.
Cuando acabaron, abrió la puerta y los llamó. Les dio las gracias y les ofreció
unas galletas. Los niños aceptaron encantados. Después de tanto trabajo se les
había abierto el apetito. La mujer les deseó una feliz navidad y les dijo
también que ojalá Papá Noel les trajera muchos regalos. Los niños se lo
agradecieron y se fueron a sus casas, donde contaron todo lo que habían hecho.
Sus padres se sintieron un poco culpables. Conocían a su vecina de toda la
vida. Sabían que se había quedado sola, que sus hijos no se ocupaban de ella y
que, año tras año, pasaba la Navidad en completo abandono, mientras ellos
tenían de todo. Habían tenido que ser sus hijos los que, con un simple muñeco
de nieve, llevaran algo de alegría a aquella pobre mujer. Unos a uno fueron
saliendo de sus casas, como si el instinto los empujara. Por primera vez en
años hablaron entre sí. Decidieron celebrar la Nochebuena todos juntos, e
invitar a la viuda. Cada uno llevaría algo de comida y todo se compartiría. Se
podría hacer en la escuela. Luego, entre todos, se limpiaría, y así no habría
problema. Uno hablaría con el alcalde, otro con la maestra, otro con el dueño
del bar, a ver si podía poner algunas bebidas... Así fueron organizando toda la
cena, sintiéndose cada vez más ilusionados.
Cuando llegó el día, una pequeña comisión fue hasta la casa de su
vecina para invitarla a la cena. Sus ojos se iluminaron. ¡Una cena de
Nochebuena!, dijo. ¿Y yo qué llevo? Nada, le contestaron. Su dulzura y su
presencia.
Aquella noche ella se arregló y se abrigó bien. Hacía mucho frío, pero
no se lo perdería por nada del mundo. Cuando llegó a la escuela, todos sus
vecinos estaban allí. Habían decorado el salón, puesto sillas y mesas con
manteles blancos y rojos, guirnaldas, farolillos...Estaba todo tan bonito que
se emocionó. Los niños vinieron a recibirla y la abrazaron cantando
villancicos. En seguida cada cual ocupó su puesto y comenzó la celebración.
Todos estaban felices y animados. Era tal el jolgorio que nadie escuchó el
sonido de unos cascabeles que se acercaban, ni vio el trineo de Papá Noel
tirado por renos cruzando el cielo sobre las casas de aquel pequeño pueblo que,
por una vez, había descubierto, la auténtica navidad.
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