EL RASCADOR

 

Tenía un rascador en cada habitación, en cada bolso, en cada cajón. Nunca sabía cuándo el irremediable picor cubriría su espalda de un feroz desasosiego. Y cuando llegaba, ella iniciaba una danza salvaje, con la esperanza de una tregua. Así, poco a poco, su piel se fue llenando de marcas, imperceptibles al principio, pero, con el tiempo, se volvieron como los surcos en la tierra reseca. Y entonces, solo entonces, el picor comenzó a debilitarse, mientras por las hendiduras comenzaban a aflorar todas sus penas.




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