Los dos amantes, envueltos en sábanas de seda, recorrían sus cuerpos con las manos, descubriéndose, conociéndose, aprendiéndose de memoria cada recoveco, cada pliegue, cada sutil aroma. Porque en la oscuridad de sus dos mundos, sus dedos eran sus ojos. Y aquella madrugada, por la ventana entreabierta, les sorprendió el rocío del amanecer.

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