LA ANCIANA

 

     Ella esperaba sentada junto a la ventana, mirando sin ver, dejando que los tibios rayos del sol mañanero le calentaran sus oxidados huesos. Aquellos eran los únicos momentos en que su habitación se iluminaba. El resto del día era oscura, como si quisiera compadecerse de ella. Las cuidadoras siempre encendían la luz, pero, en cuanto la dejaban sola, la anciana la apagaba. Prefería la que entraba por los pequeños cristales, aunque fuera poca, aunque la dejara sumida en la penumbra.
     Se levantaba al amanecer y se aseaba. No permitía que nadie la ayudara a bañarse, ni a vestirse. Todavía no...Luego se sentaba junto a la ventana, para ver salir el sol detrás del aparcamiento, sobre los árboles. Y así podía ver también si alguno de sus hijos iba a visitarla. Ya ni recordaba cuándo había sido la última vez. En cuanto les firmó los papeles de la donación de su casa para evitar que tuvieran problemas con la herencia cuando ella ya no estuviera, les faltó tiempo para meterla en aquella residencia, con la excusa de que le fallaba la memoria y no podía vivir sola. Y allí llevaba dos años, abandonada a su suerte, entre las cuatro paredes de su habitación. Las cuidadoras la obligaban a salir, a hacer las comidas en el comedor, a dar paseos por el jardín, pero ella, que siempre había sido tímida y de pocas palabras, ahora se había cerrado en un mutismo selectivo, y prácticamente no hablaba. El único momento en que se distraía era cuando les daban el taller de pintura. Mientras pintaba, sus ojos brillaban, y su rostro se volvía sereno y apacible. Pero la temática de sus cuadros era siempre la misma: el cielo. Podía ser al amanecer, al mediodía, durante una tormenta, o una noche estrellada. Cuando terminaba uno, se quedaba largo tiempo mirándolo, absorta, perdida en ese cielo que había plasmado con las pinturas al agua, o con los óleos, o con los pasteles, o con el carboncillo.
     Una tarde de verano, especialmente calurosa, al pintar su cuadro, incluyó una silueta. Se trataba de una mujer mayor, con gafas, pelo corto y algo gruesa, sentada en una silla, bajo un árbol. Cuando la profesora del taller, extrañada por el cambio, le preguntó quién era esa mujer, ella respondió: - Es mi abuela. Me está esperando.
     Aquella noche, la anciana se fue mientras dormía, sin hacer ruido, sin molestar, como había vivido. En su rostro, por primera vez, había una sonrisa.

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