Ella esperaba, como siempre, por los demás. Sentada en el duro e
incómodo asiento del aeropuerto, con su abrigo desgastado por el uso, y las
manos en los bolsillos para que nadie notara lo estropeadas que las tenía, contemplaba
las idas y venidas de los viajeros, los reencuentros cálidos y afectuosos, las
pancartas, los gritos de júbilo, las expresiones risueñas, los besos de los
enamorados… Y por un momento se imaginaba que era la madre que llegaba, la hija
que volvía a casa, la hermana o la amiga que regresaba de un largo viaje, y se
veía a sí misma cargada de maletas y con el rostro alegre y dichoso…
Y mientras ella estaba absorta en sus pensamientos, en la pantalla se
anunciaba la llegada del vuelo. El corazón le dio un salto y suspiró aliviada.
Por fin habían llegado. Se levantó y se encaminó hacia la puerta, preparando
sus brazos para un fuerte abrazo de bienvenida, mientras en el asiento quedaban
sus sueños rotos, sus ansias de estar en el otro lado, aunque fuera por una
vez, y que alguien, con la sonrisa de oreja a oreja, le regalara un caluroso
recibimiento.
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