Cuando
terminó el bachillerato, Isabelita no sabía qué hacer. No había nada que le gustase
especialmente y ni siquiera se daba maña con las labores domésticas. Ante tal
situación, su padre, que siempre despreció a las mujeres que dependían económicamente
de los hombres, la obligó a ir a una academia de formación en la que aprendería
mecanografía, taquigrafía y contabilidad. Después de varios meses peleando con
la máquina de escribir, de romperse la cabeza tratando de asimilar todos
aquellos símbolos y de volver a estudiar conceptos matemáticos que ya creía
cosa del pasado, Isabelita obtuvo su Diploma de Secretariado. Al poco tiempo, y
por mediación de su padre, encontró trabajo en un bufete de abogados. Su tarea
consistía en coger a taquigrafía todo lo que le dictaban: carta, contratos,
facturas…, y luego pasarlo a máquina para que los jefes lo firmaran. Con calma,
se fue adaptando a aquella rutina en la que ella era tan solo un ser invisible
en la tercera planta de aquel inmenso edificio de despachos bien amueblados. Nadie
se había molestado en aprenderse su nombre, llamándola siempre Secretaria,
y ella convirtió en arte el hecho de pasar desapercibida aunque fuese
imprescindible.
El golpeteo de las teclas de su máquina y el sonido de sus tacones cuando iba de un lado a otro se convirtió en el hilo musical de aquella oficina, en tanto los años iban pasando uno tras otro, volviendo su cabello negro en tonos plateados. Pero un día, sin saber muy bien cómo había sucedido, llegaron los primeros ordenadores. Los jefes, al aprender a usarlos, comprendieron el adelanto de tiempo y de recursos que supondrían, mientras que Isabelita, ya mayor para aquellas nuevas tecnologías y sin ser capaz de adaptarse a los nuevos tiempos, se convirtió en un estorbo. La jubilaron sin ningún tipo de ceremonia ni despedida. Tan solo una carta con el finiquito en el que, por primera vez, vio su nombre impreso y fue consciente de que, al menos alguien, lo conocía. Se fue con el mismo sigilo con el que había empezado y, en un rincón del almacén, su vieja máquina de escribir comenzaba a oxidarse lentamente.

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